La Copa Mundial de la FIFA 2026 abre una ventana para analizar fenómenos complejos relacionados con la identidad social y el desarrollo económico
Al ver un partido de fútbol, se desconecta tu lóbulo frontal, encargado del razonamiento, y se activa el sistema de emociones, dice el doctor Gerardo Leija Alva.
Mientras el balón rueda en México, Estados Unidos y Canadá, el torneo más importante del fútbol, la Copa Mundial FIFA 2026, trasciende las canchas para convertirse en un fenómeno capaz de movilizar emociones colectivas, detonar actividad económica y poner a prueba a las sociedades para organizarse, convivir y proyectarse ante el mundo.
Más allá de la celebración deportiva, que reúne a 48 selecciones, 104 partidos y millones de espectadores alrededor del planeta, tres especialistas del Instituto Politécnico Nacional (IPN) analizan el comportamiento psicológico, la dinámica social, así como las oportunidades y los desafíos económicos que existen detrás de cada anotación y triunfo de las selecciones.
La pasión que une a millones
Para el doctor Gerardo Leija Alva, docente e investigador del Centro Interdisciplinario de Ciencias de la Salud (CICS), Unidad Santo Tomás, la afición por el fútbol se encuentra ligada a la propia evolución humana, cuando los deportes surgen como una forma de canalizar impulsos asociados al conflicto y la competencia hacia actividades socialmente aceptadas.
“En el caso del fútbol, su sencillez, accesibilidad y arraigo comunitario favorecieron su expansión en México y otras partes del mundo, porque es un deporte que puede jugarse prácticamente en cualquier lugar. Además, muchos jugadores provienen de barrios y comunidades populares, sobre todo de América Latina, lo que genera identificación y sentido de pertenencia entre los aficionados”, señaló el especialista.
Leija Alva observó que las y los aficionados suelen hablar en plural cuando se refieren a sus equipos: “ganamos”, “perdimos”, “no pueden con nosotros” y desde la psicología social, esta conducta responde a una necesidad humana fundamental: pertenecer a un grupo, entonces la afición se convierte en el llamado “jugador número 12”, una extensión emocional del equipo que fortalece la identidad colectiva, y que desde tiempos inmemoriales fue vital para la supervivencia.
Ya sea presencial o incluso sentado frente a una pantalla, explicó el también maestro en alto rendimiento deportivo, la afición experimenta cambios fisiológicos reales al momento de observar un partido, particularmente cuando el equipo favorito atraviesa momentos de riesgo, porque el cerebro activa mecanismos similares a los que se presentan ante una amenaza real, entonces se liberan adrenalina y noradrenalina, neurotransmisores clave para la respuesta de lucha o huida.
“Aumenta la frecuencia cardiaca y los músculos entran en tensión. Por el contrario, cuando llega un gol o una victoria, aparecen endorfinas asociadas al placer y la sensación de bienestar. Por ello, las emociones que provoca el fútbol pueden ser tan intensas como la alegría, la tristeza o incluso el duelo, porque se experimenta una sensación de pérdida real”, aseguró.
De acuerdo con el docente del CICS Santo Tomás, ver un partido de fútbol es como estar en un “estado de trance”, la mente está totalmente atenta a un estímulo, entonces se desactiva la parte frontal del cerebro, conocida como lóbulo frontal, encargado del razonamiento, y se activa el sistema de emociones, por eso las personas suelen realizar acciones sin sentido como gritar a los jugadores o arrojar algo a la televisión.
Ver un partido, advirtió Leija Alva, puede resultar físicamente agotador debido a la activación constante del sistema nervioso, por ello, en personas con padecimientos cardiacos previos, las emociones extremas pueden representar riesgos importantes.
La emoción futbolística también tiene una dimensión social, señaló Leija Alva, ver un partido en grupo genera una experiencia distinta a observarlo en solitario porque compartir emociones, celebrar o lamentar jugadas y sentir la energía de otros aficionados fortalece los vínculos sociales y crea un sentimiento de comunidad.
Reflexionó que la pasión deportiva puede convertirse en un factor positivo cuando fomenta convivencia, identidad y entusiasmo; no obstante, cuando se desborda y se transforma en agresividad o violencia, aparecen riesgos para la convivencia social.
“La clave no es reprimir las emociones, sino aprender a regularlas. Es muy bueno ser aficionado, pero sería mejor emular a los jugadores que seguimos y hacer actividad física, porque es muy diferente ver jugar que estar en un equipo o practicar un deporte, ya que eso implica aprender a jugar con reglas”, destacó el académico.
El escaparate global
Los docentes del Centro de Investigaciones Económicas, Administrativas y Sociales (Ciecas), María del Pilar Monserrat Pérez Hernández y Daniel Akenaton Granillo Hernández, consideraron que la copa del mundo también representa una vitrina internacional capaz de proyectar la imagen del país, atraer inversiones, fortalecer el turismo y poner a prueba la capacidad institucional, económica y social para recibir a los visitantes.
De acuerdo con el doctor Daniel Granillo, ser anfitrión de un mundial permite mostrar la infraestructura disponible, la capacidad organizativa, el desarrollo tecnológico y la forma en que una sociedad se presenta ante el mundo.
“México llega a esta edición con una ventaja simbólica importante: la memoria positiva que dejaron los mundiales de 1970 y 1986. La hospitalidad de la población, la riqueza cultural y la experiencia acumulada han contribuido a que el país mantenga una imagen favorable entre aficionados internacionales”, resaltó el también especialista en sistemas sociotécnicos.
No obstante, añadió, el contexto actual también plantea desafíos en temas como la seguridad pública, la infraestructura urbana, la movilidad y las tensiones geopolíticas entre los países organizadores que actualmente forman parte del escenario que acompaña la realización del torneo.
Uno de los temas relevantes, sostuvo el docente del Ciecas, es la seguridad, y las medidas de protección probablemente se concentran en las zonas turísticas, hoteles, estadios y corredores de movilidad, lo que podría contrastar con otras áreas urbanas.
“El evento podría exponer realidades sociales complejas que forman parte del país, desde las demandas ciudadanas hasta los problemas de desigualdad y violencia, como ocurre con muchos de los megaeventos internacionales, y México, como cualquier otro país, busca mostrar su mejor imagen, y consecuentemente también estará sujeto al escrutinio internacional sobre los desafíos que enfrenta”, aseveró el investigador politécnico.
A ello se suman retos relacionados con la comunicación intercultural, la atención a visitantes extranjeros y la necesidad de fortalecer habilidades como el dominio de idiomas. El mundial puede convertirse en un incentivo para reflexionar sobre la preparación de las nuevas generaciones en un entorno cada vez más globalizado.
La derrama económica: beneficios y límites
La doctora en Economía y Gestión de la Innovación y Política Tecnológica, María del Pilar Monserrat Pérez Hernández, señaló que entre los beneficios económicos más visibles que ha aportado este evento, están las inversiones en infraestructura, la modernización del transporte, el acondicionamiento de espacios públicos y el fortalecimiento de servicios relacionados con el turismo como hoteles, restaurantes, empresas de transporte, mantenimiento urbano y comercio.
Las estimaciones, indicó la especialista, refieren que México podría recibir alrededor de cuatro millones de visitantes, generar una derrama económica cercana a los 3 mil millones de dólares y captar alrededor del 0.1 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) nacional. A nivel regional, se prevé la creación de 450 mil empleos y una derrama económica de 35 mil millones de dólares.
“El mundial es un espectáculo global que moviliza recursos provenientes de derechos de transmisión, patrocinios, publicidad, compensaciones a clubes y actividades de entretenimiento asociadas al torneo, incluso la expansión de 32 a 48 selecciones y el aumento de espectáculos paralelos reflejan la creciente dimensión económica de la competencia”, argumentó.
La especialista advirtió que muchos de los empleos generados son temporales y el verdadero reto será lograr que las inversiones se mantengan después del torneo. Para ello, no basta con la inversión pública: también se requiere una participación activa del sector privado que permita sostener la infraestructura y las oportunidades laborales en el largo plazo.
De acuerdo con la investigadora politécnica, México ya figura entre los principales destinos turísticos del orbe y este mundial representa una oportunidad para consolidar esa posición y diversificar la oferta más allá de los tradicionales atractivos de sol y playa, para avanzar hacia un modelo de turismo basado en experiencias de mayor valor agregado.
“La riqueza gastronómica, cultural, histórica y arquitectónica del territorio ofrece posibilidades para diseñar productos turísticos más sofisticados, que incrementen el gasto de los visitantes y distribuyan los beneficios económicos hacia más regiones del país”, declaró.
Desde esta perspectiva, ciudades sin partidos mundialistas, pero altamente atractivas como Oaxaca o en pleno crecimiento como Querétaro o Puebla, podrían beneficiarse si logran construir experiencias atrayentes y desarrollar infraestructura para convertirse en potencial sede de eventos internacionales.
“Se trata de pasar de ser un país de manufactura a uno de mente-factura, el reto consiste en transformar la creatividad mexicana en propuestas capaces de competir en un mercado turístico internacional cada vez más exigente”, alertó.
Más allá de los goles, los estadios llenos y la atención mediática internacional, la Copa Mundial de la FIFA 2026 pondrá a prueba la capacidad de México para convertir un acontecimiento deportivo de escala global en una plataforma de desarrollo sostenible.
Los especialistas politécnicos coinciden en afirmar que el éxito dependerá de que el país logre vigorizar la infraestructura, la innovación y el turismo, además de promover la actividad física desde edades tempranas y fortalecer el tejido social. En ese sentido, la Copa Mundial de la FIFA 2026 representa un desafío colectivo cuyo legado comenzará a evaluarse cuando el último silbatazo haya sonado.