En las rejas del Centro Cultural “Jaime Torres Bodet” puedes ver esta tradición a lo largo de varios años y lugares
Hay caminos que se dibujan con flores, recuerdos y mensajes que atraviesan la frontera invisible entre la vida y la muerte, porque en México, el Día de Muertos convierte la ausencia en encuentro y los recuerdos en una fiesta de colores, sabores y sonidos.
Esa extraordinaria manera de honrar a quienes se adelantaron es la esencia de “Día de Muertos: Una celebración de la vida”, exposición fotográfica que presenta el Instituto Politécnico Nacional (IPN) en las rejas exteriores del Centro Cultural “Jaime Torres Bodet”.
En esta Galería Abierta, un estallido de colores recibe al visitante, el naranja intenso del cempasúchil, el resplandor de las velas, los alimentos recién preparados y los objetos que guardan historias familiares.
La exposición permanecerá hasta el 1 de diciembre de 2026. El recinto se encuentra sobre avenida Instituto Politécnico Nacional, casi esquina con Wilfrido Massieu, en la alcaldía Gustavo A. Madero, Ciudad de México. La entrada es libre.
Ahí, cada imagen descubre una forma distinta de invitar a los difuntos a regresar simbólicamente a casa y más que retratar una festividad, las más de 35 fotografías muestran cómo los pueblos mexicanos convierten sus creencias en expresiones vivas de identidad, afecto y creatividad.
En cada fotografía de esta exposición, fruto de la colaboración entre el IPN, la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México y la editorial Trilce, se plasma un país que recibe a sus muertos con flores, sabores, música y brazos abiertos.
México encuentra en sus tradiciones la forma de nombrar la ausencia sin renunciar a la alegría, porque mientras una ofrenda se encienda cada noviembre, las historias de quienes partieron seguirán floreciendo en el corazón de quienes los recuerdan.
En la Mixteca Alta de Oaxaca, el pan puede adquirir forma humana y lucir rostros de calavera; en Papantla, Veracruz, los tamales ocupan un lugar especial entre los alimentos con que se agasaja a los difuntos; en Milpa Alta, Ciudad de México, algunas ofrendas incluyen mensajes para los seres queridos que partieron. Son costumbres distintas, pero comparten la misma intención de mantener abierto el diálogo con la memoria y hacer sentir que, por una noche, la distancia se acorta.
Las imágenes de la exposición montada por la Dirección de Difusión Cultural muestran la diversidad de los rituales y cómo cada comunidad mantiene viva una tradición que se transforma sin perder sus raíces. Por ejemplo, en Yucatán se practica la limpieza de cráneos y la ornamentación de tumbas; en San Mateo del Mar, Oaxaca, los papalotes se elevan al cielo, y en Guerrero, las danzas de diablos imprimen movimiento y energía a la conmemoración.
El cempasúchil, con su intenso color naranja, cubre senderos, adorna sepulcros y enmarca altares, como si el Sol iluminara el regreso de las almas. Utilizada desde tiempos prehispánicos en ceremonias funerarias y ofrendas, esta flor comparte protagonismo con veladoras, fotografías y platillos favoritos de los difuntos, cada uno con un significado especial.
Con origen en un libro
Además, las fotografías plasman esta celebración de encuentros culturales, debido a que las antiguas prácticas de los pueblos mesoamericanos se entrelazaron con las tradiciones religiosas introducidas durante la época colonial, dando forma a una conmemoración singular.
Con el paso del tiempo, las costumbres familiares convivieron con expresiones públicas que hoy incluyen música, máscaras, disfraces, procesiones, murales y desfiles. La tradición se renueva, viaja y despierta curiosidad en otros países, pero conserva en las comunidades mexicanas una de sus raíces más profundas.
Esta diversidad es la que reúne el libro “Día de Muertos”, editado por Déborah Holtz y Juan Carlos Mena, bajo el sello Trilce, del cual proceden las fotografías de la muestra. La obra es resultado de una investigación documental e iconográfica que enlaza distintas épocas y permite observar cómo han cambiado los altares, los alimentos, las flores y las maneras de recibir a los difuntos.
A través de los objetivos de la cámara, aparecen también los verdaderos guardianes de esta herencia: las familias que preparan las ofrendas, los artesanos que dan forma a las figuras, las manos que elaboran el pan y las comunidades que transmiten sus rituales a las nuevas generaciones. En sus gestos se reconoce la certeza compartida de que recordar no es solamente mirar hacia el pasado, sino preservar los lazos que nos dan identidad y pertenencia.