La primera encíclica de León XIV reflexiona sobre el impacto de la inteligencia artificial y plantea la necesidad de orientar su desarrollo hacia la dignidad humana, la justicia y el bien común.
La inteligencia artificial está transformando la manera en que las personas trabajan, estudian, se comunican y toman decisiones. Su capacidad para procesar grandes cantidades de información y realizar tareas cada vez más complejas también plantea preguntas que van más allá de la tecnología: ¿quién debe decidir cómo se utiliza?, ¿qué límites deberían establecerse? y ¿cómo evitar que estas herramientas terminen afectando la dignidad y los derechos de las personas?
Estas cuestiones forman parte de Magnifica Humanitas, primera encíclica del papa León XIV, dedicada a la custodia de la persona humana en el contexto del desarrollo de la inteligencia artificial. El documento fue firmado el 15 de mayo de 2026 y presentado oficialmente el 25 de mayo.
Más que plantear un rechazo a la tecnología, el documento propone reflexionar sobre la manera en que la sociedad decide utilizarla y sobre las consecuencias que puede tener su desarrollo cuando se encuentra desvinculado de criterios éticos.
Uno de los planteamientos centrales de Magnifica Humanitas es que el desarrollo tecnológico debe mantener a la persona en el centro. Para León XIV, la innovación puede contribuir al bienestar y al desarrollo social, pero también puede generar nuevas formas de desigualdad, exclusión o concentración del poder.
El documento retoma dos imágenes bíblicas para representar estas posibilidades: la Torre de Babel, asociada con un proyecto basado en el poder y la ambición, y la reconstrucción de Jerusalén emprendida por Nehemías, presentada como una tarea colectiva orientada al bien común. A partir de ellas, la encíclica plantea una disyuntiva sobre el rumbo que puede tomar el desarrollo tecnológico: utilizar las nuevas capacidades para ejercer dominio o emplearlas para construir una sociedad más justa.
La capacidad de los sistemas de IA para generar textos, imágenes, código y respuestas complejas puede hacer que parezcan capaces de realizar actividades propias de la inteligencia humana. Sin embargo, la encíclica establece una distinción entre el procesamiento de información realizado por una máquina y la experiencia integral de una persona.
Los sistemas de inteligencia artificial pueden identificar patrones, aprender a partir de datos y producir resultados de gran complejidad, pero no experimentan la vida humana de la misma manera. Aspectos como las relaciones, la responsabilidad, las emociones y la conciencia moral forman parte de dimensiones que no pueden reducirse únicamente al procesamiento de información.
Esta distinción resulta relevante frente a una tendencia cada vez más común: atribuir a los sistemas automatizados capacidades o autoridad que corresponden a las personas.
La presencia de algoritmos en actividades cotidianas plantea otro de los desafíos señalados en el documento. Los sistemas automatizados pueden intervenir en procesos relacionados con el trabajo, los servicios, la comunicación y diferentes mecanismos de toma de decisiones.
Sin embargo, que una decisión haya sido producida por un sistema informático no significa que sea necesariamente objetiva o justa.
Los algoritmos dependen de los datos con los que son desarrollados y de las decisiones tomadas durante su diseño. Si esos datos contienen prejuicios o representaciones desiguales, el sistema puede reproducirlos en sus resultados.
Por ello, la encíclica destaca la importancia de mantener una responsabilidad humana capaz de supervisar, cuestionar y corregir las decisiones producidas mediante sistemas de inteligencia artificial. La eficiencia de una herramienta tecnológica, por sí sola, no garantiza que sus resultados sean adecuados.
La expansión de la IA también incrementa las posibilidades de recopilar, procesar y utilizar grandes cantidades de información. Al mismo tiempo, estas tecnologías pueden facilitar la creación de contenidos engañosos y nuevas formas de manipulación.
La generación automatizada de textos, imágenes, audios y videos puede dificultar la identificación de información falsa o manipulada. A esto se suma la posibilidad de utilizar sistemas de IA para influir en opiniones, explotar información personal o afectar la privacidad.
Frente a estos escenarios, Magnifica Humanitas plantea la necesidad de desarrollar mecanismos de gobernanza de la inteligencia artificial basados en la transparencia, la responsabilidad y la protección de los derechos humanos.
Magnifica Humanitas no plantea detener el desarrollo de la inteligencia artificial. Su propuesta consiste en acompañar la innovación tecnológica con una reflexión sobre sus efectos en la sociedad.
La pregunta, desde esta perspectiva, no es únicamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué decisiones deben tomar las personas respecto a su desarrollo y utilización.
Para instituciones, empresas, gobiernos, investigadores y desarrolladores, este planteamiento abre una discusión que será cada vez más relevante: cómo aprovechar las capacidades de la IA sin convertir la eficiencia tecnológica en el único criterio para tomar decisiones.
El verdadero desafío no consiste únicamente en construir sistemas cada vez más capaces, sino en asegurar que la tecnología contribuya al desarrollo humano, proteja la dignidad de las personas y favorezca el bien común. Ese es, en esencia, el llamado que León XIV plantea frente a una transformación tecnológica que apenas comienza.
León XIV. Carta Encíclica Magnifica Humanitas, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. 15 de mayo de 2026. Santa Sede. Texto oficial en Vatican.va